La
publicación de Historias de hombres casados de
Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966) en España
ha ocupado en la prensa un espacio bastante mayor que
el habitual cuando se trata de la presentación
de un autor al que se supone joven y que es desconocido
en este medio. Habrá que reconocer en este caso
lo acertado de la intuición de los periodistas,
porque Birmajer es un escritor de verdad. Al libro que
hoy nos ocupa lo han precedido tres novelas –El
alma al diablo (1995), No tan distinto (2000)
y Tres mosqueteros (2001)– y dos libros
de cuentos –Fábulas salvajes (1994)
y El fuego más alto (1997)–, además
de una pieza teatral y un guión cinematográfico.
Nunca he sabido cuál es el criterio por el que
se rige la sociedad literaria para definir a un autor
como joven. Pero, teniendo en cuenta que buen número
de ellos lo sigue siendo hasta la vejez, como si no hubiese
en la vida del hombre etapas sucesivas y no existiese,
por ejemplo, la madurez, y que no pueden ser los años,
sino la obra, lo que establezca el desarrollo de una
literatura, me resisto a calificar en esos términos
a Birmajer. Éste es un escritor en la plenitud.
Hay
muchas formas de ser argentino: una de ellas, quizá la
más perfecta y real en un país de inmigrantes,
consiste en ser a la vez argentino y otra cosa, arraigar
en más de un pasado. En el caso de Birmajer, esa
otra cosa es el ser judío. Lo cual le sitúa,
en términos literarios y espirituales, en el cruce
de dos riquísimas herencias. En el narrador de Historias
de hombres casados, está tan presente Arlt
como Singer, aunque mucho y sabiamente reelaborados.
Hay de los dos un humor triste, que se desprende naturalmente
de uno de los temas mayores que vinculan entre sí estos
relatos: el darse cuenta, lo que implica la exposición
de un pasado en el que los protagonistas no sabían
exactamente qué estaban viendo y viviendo; ahora,
la comprensión de aquella ignorancia sólo
puede arrancar una sonrisa amarga. Desde "El cuadro",
que abre el volumen, hasta el tremendo, escalofriante "La
gente está viva", Birmajer presenta una completa
galería de personajes que salen de lo oscuridad
y hacen un descubrimiento esencial, para su desgracia,
su felicidad o, las más veces, su desconcierto
y su culpa. El segundo gran tema de este libro es el
deseo: por su loco, impreciso deseo, el hombre es incapaz
de ver lo obvio, pero también por él alcanza
de tanto en tanto la lucidez. El tercer asunto es la
curiosidad, o la falta de curiosidad, que lleva al narrador
de "A cajón cerrado" a la sorpresa cuando
comprende que su familia no es la única que guarda
secretos terribles.
Algunas
piezas de este libro serán recordadas al cabo de
los años como se recuerdan hoy algunas de Julio
Cortázar: así, los mencionados "La
gente está viva" y "A cajón cerrado",
y también de "En las alturas", "Un
viaje imprevisto" o "El compañero de asiento",
un modelo de cuento de terror metafísico. Birmajer
tiene un sitio bien ganado en la literatura actual de lengua
castellana.
Horacio Vázquez-Rial |